El amanecer cayó sobre la mansión Rossi con una luz engañosamente serena.
El tipo de claridad mentirosa que acaricia las fachadas perfectas mientras los cimientos se agrietan por dentro. La luz se colaba por las rendijas de las persianas como un testigo indiscreto, iluminando el polvo de promesas rotas que flotaba en el aire.
Isabella despertó sola en la cama que había compartido con Francesco en muchas de las visitas familiares a la mansión. No fue un despertar, fue un emerger. Como saliendo a