El amanecer cayó sobre la mansión Rossi con una luz engañosamente serena.
El tipo de claridad mentirosa que acaricia las fachadas perfectas mientras los cimientos se agrietan por dentro. La luz se colaba por las rendijas de las persianas como un testigo indiscreto, iluminando el polvo de promesas rotas que flotaba en el aire.
Isabella despertó sola en la cama que había compartido con Francesco en muchas de las visitas familiares a la mansión. No fue un despertar, fue un emerger. Como saliendo a la superficie después de haber estado sumergida en las profundidades de un mar de decepción. Las sábanas de seda aún conservaban el aroma de él, aquella mezcla de colonia cara y traición barata, pero el espacio a su lado estaba frío, vacío, muerto.
Él no estaba allí.
Por supuesto que no. Esa noche había huido a refugiarse en la habitación de su padre muerto, como si los fantasmas del pasado pudieran protegerlo de los demonios que él mismo había creado.
Isabella no suspiró. No era el momento de