CAPÍTULO 34:
LA VERDADERA CARA DE LA MONEDA
La mansión Rossi quedó envuelta en un silencio incómodo cuando los líderes comenzaron a retirarse. Las decisiones formales ya estaban tomadas; lo que quedaba era lo verdaderamente difícil: lo humano.
Natalia permanecía de pie, con las manos entrelazadas frente al cuerpo, la cabeza ligeramente inclinada. Su postura era la de alguien que pide permiso incluso para respirar. Vulnerable. Aterrada. Inofensiva.
Isabella la observaba sin decir una palabra; calculaba cada gesto y movimiento.
No había odio visible en su rostro. Tampoco compasión. Solo una calma que resultaba más intimidante que cualquier reproche.
—Yo… —empezó Natalia, con la voz quebrada—. Lamento todo esto. Nunca quise causar tanto daño.
Levantó los ojos lentamente, húmedos, temblorosos.
—Tengo miedo. Por mis hijas. Por Sara… y por Elisa. No sé quién está detrás de todo esto, pero sé que es peligroso. Solo quiero protegerlas.
Hizo una pausa, como si las palabras le costaran salir.