El estruendo de las hélices del helicóptero generaba un torbellino de aire gélido y lluvia que golpeaba con fuerza la azotea del monasterio de Enna. Rebeca, con el rostro desencajado por la furia y el miedo, arrastraba a Gabrielle hacia la puerta abierta de la aeronave. El niño luchaba, clavando los talones en el cemento húmedo, pero la fuerza de la adrenalina de Rebeca era superior.
— ¡Sube, maldito engendro! —gritó ella, tratando de levantarlo.
Justo cuando Rebeca ponía un pie en el estribo,