La lluvia fina caía sobre Roma como un manto de lágrimas frías. En un palazzo del siglo XVI, en una sala donde el oro de los marcos se perdía en la penumbra, el aire olía a cera antigua, whisky caro y el tenue perfume a azahares de Vittoria.
Rebeca Vitale recorría la estancia como una pantera enjaulada, el taconeo de sus Louboutin marcando un ritmo nervioso sobre los mosaicos venecianos. Frente a ella, en butacas de cuero oscuro, tres figuras esperaban: Kareem Al-Farsi, de mirada gélida; Alfonz