El fin de semana en la villa Lombardi se sentía como una tregua armada. El sol de la tarde bañaba los jardines, pero el calor no lograba disipar la frialdad que se había instalado en el pecho de Salvatore. En el césped, el Don de Sicilia parecía un hombre diferente; corría detrás de Gabrielle, cuyas risas infantiles eran lo único que mantenía al Lobo anclado a la cordura. Salvatore alcanzó al niño, levantándolo en vilo y estrechándolo en un abrazo protector que gritaba posesividad y amor a part