El nuevo día en la villa Lombardi se inauguró con una luz dorada que bañaba los viñedos, proyectando una ilusión de paz que ninguno de sus habitantes sentía realmente. El jardín principal, un laberinto de setos perfectamente podados y estatuas de mármol, se había convertido en el cuartel general de Salvatore.
Tras un desayuno silencioso en el porche, Salvatore decidió que sus hijos necesitaban sentir la fuerza de su presencia. Se encontraba en medio del césped, sin chaqueta y con las mangas de