Habían pasado dos días desde la amarga discusión en el jardín y la perturbadora revelación de Gabrielle sobre la mujer de las sombras. Desde entonces, la villa Lombardi se había sumergido en un mutismo que pesaba más que el granito de las montañas sicilianas. La mañana se sentía como el preludio de una ejecución; el aire en el comedor era tan denso que el tintineo de la plata contra la porcelana sonaba como disparos en medio de un funeral.
Salvatore terminaba su desayuno con movimientos lentos