Unos días después el sonido de las ruedas de la maleta resonaba en la entrada de la mansión Moore.
Beatrice, vestida con un abrigo de lana y una bufanda color burdeos, se giró hacia sus nietos. James, aún débil, permanecía sentado en su silla, mientras Noah estaba recargado contra la pared, los brazos cruzados.
—Antes de irme… quiero decirles algo —dijo Beatrice, su voz grave pero firme—. Esta casa ha visto guerras silenciosas. Y también ha visto lo que ocurre cuando dos hermanos se olvidan