Habían pasado ocho días desde que James recibió el disparo.
El dolor seguía presente, constante, como un recordatorio punzante de lo que había ocurrido.
Pero al menos ahora podía moverse.
Despacio.
Con esfuerzo.
Con dignidad.
Isabelle no había podido entrar a verlo.
Jonathan se aseguraba de que su vigilancia fuera implacable.
Pero ella no se rendía.
Cada día enviaba comida.
Platos preparados con cuidado, con memoria, con afecto.
Esa mañana, Evelyn estaba sentada junto a la c