La mañana siguiente entraba con suavidad por las cortinas de la habitación compartida.
Oliver llegó puntual, con su tablet en mano y el rostro concentrado.
Primero se acercó a Noah, que ya se veía más firme, aunque aún con rastros de agotamiento.
—Tu recuperación va bien —dijo Oliver mientras revisaba sus signos—.
Ya puedo darte el alta.
Pero necesito que te mantengas tranquilo.
Nada de jornadas eternas en la oficina.
Y nada de jugar al héroe otra vez.
Noah asintió, con un