La luz matinal se filtraba por las cortinas de lino, suave y dorada. Isabelle apenas había logrado dormir. El cansancio se había vuelto parte de ella, como una sombra que no se iba. Noah ya se había marchado temprano a la oficina, dejándole un beso en la frente y una mirada que, aunque preocupada, no insistió más.
—Isa, ¿estás despierta? —la voz de Lucie sonó al otro lado de la puerta, seguida por el golpeteo alegre de Camille—. ¡Traemos desayuno!
Isabelle se incorporó con esfuerzo, se puso