La mañana era fría, pero el jardín parecía ajeno al invierno. Isabelle caminaba entre los rosales, envuelta en un abrigo que no lograba calentarle el pecho.
Se detuvo junto al banco de piedra donde Edward solía sentarse cuando la visitaba.
—Feliz Navidad, papá… —susurró, con la voz quebrada—. Esta vez no llamaste.
El silencio fue su única respuesta.
Y por primera vez, Isabelle sintió que la Navidad no tenía sentido.
Dentro de la casa, la cocina estaba cálida, llena del aroma a café y pan