Mas tarde, el vestido llegó en una caja de lino claro, envuelta en cintas doradas y perfume discreto. Una empleada lo depositó con sumo cuidado en la vestíbulo de la mansión Moore. Isabelle bajaba por las escaleras cuando lo vio. No hubo anuncios, solo el silencio seco de una certeza materializada.
Desató la cinta, abrió la tapa, y allí estaba: el vestido de novia. Marfil, bordado a mano, con detalles que brillaban incluso en penumbra. No era el vestido que soñó. Era el vestido que habían ele