La iglesia estaba vestida de esplendor. Columnas cubiertas de flores blancas, candelabros centelleando con luz cálida, y músicos afinando cuerdas para envolver cada instante en elegancia. A los ojos del mundo, aquella boda era perfecta: exclusiva, impecable, digna de portada.
Los invitados se acomodaban entre murmullos, mientras las damas de honor intercambiaban miradas discretas. No eran miradas de emoción, sino de duda. Habían venido por Isabelle, sí, pero algo en el aire se sentía... equiv