Noah e Isabelle seguían abrazados, acurrucados bajo la manta vieja, temblando aún, pero ya no congelados. El calor que compartían era frágil, insuficiente, pero había algo en su cercanía que los mantenía despiertos. Vivos.
Fue el sonido de pasos apresurados lo que los alertó. James apareció entre la bruma, seguido por Damián y dos hombres más. Al verlos, James se detuvo en seco.
—¡Aquí! —gritó, llamando a los demás.
Se acercó con rapidez, sin apartar la vista de Isabelle. Al llegar, se qu