La luz de la mañana se filtraba por los ventanales del departamento de Elena, proyectando sombras suaves sobre el suelo de madera. James abrió los ojos con dificultad. Su cabeza palpitaba, y el cuerpo se sentía pesado, como si el sueño no hubiera sido descanso sino desconexión.
Se incorporó lentamente. Estaba sin camisa, aún en el sofá. Elena apareció desde el pasillo, vestida con un camisón claro, el cabello recogido con descuido.
—Buenos días —dijo con una sonrisa tranquila—. Ya es tarde.