El bar exclusivo de York vibraba con una elegancia discreta: luces tenues, música suave, copas de cristal y conversaciones que se deslizaban como seda entre los rincones.
Isabelle estaba de pie junto a una columna de mármol, con una copa de vino blanco en la mano, cuando él apareció.
Alto, atractivo, con el cabello rubio castaño peinado con descuido calculado y unos ojos café claro que parecían leer más de lo que decían.
—¿Puedo robarte un minuto? —preguntó, con una sonrisa encantadora.