El invernadero estaba en penumbra, el aire espeso por el olor a tierra húmeda y plantas pisoteadas. James y Noah, con las manos atadas, se encontraban de pie, cada uno vigilado por dos hombres de Astrid.
Ella entró despacio, el sonido de sus tacones resonando en el suelo de piedra.
—Qué curiosa situación —murmuró, paseando entre ellos—. Dos hermanos… y una elección.
James la siguió con la mirada, tensa la mandíbula.
—Si crees que vas a intimidarnos…
Astrid lo interrumpió con una sonrisa gé