El invernadero quedó atrás, pero las palabras de James seguían retumbando en la cabeza de Isabelle mientras lo seguía por el pasillo principal.
La lluvia golpeaba los ventanales y el eco de sus pasos parecía más rápido que los de ella, como si quisiera poner la mayor distancia posible.
—James, espera —su voz apenas superó el murmullo de la tormenta.
Él no se detuvo.
—No tengo nada que decir.
—Pero yo sí.
James se giró solo lo suficiente para mirarla. Su mirada fría la detuvo en seco