La brisa suave de la Provenza se colaba por las ventanas abiertas del pequeño hotel boutique. Las paredes, de piedra antigua, olían a lavanda y vino tinto. Isabelle dejó su maleta junto a la cama y se asomó al balcón. La vista se perdía entre viñedos y colinas doradas por el atardecer.
Camille la abrazó por la espalda.
—Esto es exactamente lo que necesitabas —dijo, guiñándole un ojo.
Lucie apareció con una botella de vino en una mano y tres copas en la otra.
—A olvidar a los Moore… aunq