La luz entraba oblicua por los grandes ventanales de la mansión Moore, bañando la habitación en tonos suaves de oro y nácar. Isabelle abrió los ojos despacio, sintiendo el peso leve de las sábanas sobre su cuerpo y la calidez de Noah a su lado. No hubo caricias que recordaran la noche anterior, pero sí una cercanía doméstica que parecía casi íntima.
—Buenos días —susurró él, rozando sus labios con los de ella en un beso que no buscaba incendiar, solo marcar presencia.
—Buenos días —respondi