Kerim la miró aún con la respiración agitada. El beso ardía entre ambos, pero fue él quien bajó la mirada primero, como alguien que despierta de un sueño indebido.
—Discúlpame, Sofía… —murmuró con la voz ronca—. No debí besarte. Yo ahora soy un hombre casado, y sé que no está bien lo que hice.
Sofía sintió un nudo en la garganta, pero mantuvo el rostro firme.
—Así es, Kerim. Eres un hombre casado y debes respetar a tu esposa —respondió, sin rencor, pero con la verdad que a ella misma le dolía p