Sofía soltó una risa suave.
—Sé que pronto tomarás una buena decisión, Kerim. Siempre lo haces.
—Eso es cierto —respondió Kerim, y el silencio se instaló entre los dos, denso y cargado de palabras no dichas.
La noche había caído sobre la ciudad y la tenue luz de la lámpara apenas iluminaba la sala. Afuera, el viento jugaba con las ramas de los árboles, mientras adentro, en ese pequeño salón privado, Kerim y Sofía compartían una copa de vino. Todo parecía en calma, pero bajo la superficie hervía