El reloj del pequeño apartamento marcaba casi las nueve de la noche cuando Abram descendió del taxi. La ciudad estaba envuelta en una neblina densa, y las luces de los faroles se reflejaban en el pavimento húmedo. Caminaba con paso firme, el rostro tenso, los puños apretados dentro de los bolsillos de su chaqueta. Llevaba horas buscando a Azra, y cada minuto que pasaba sin encontrarla lo consumía más.
Cuando al fin llegó al edificio, subió las escaleras de dos en dos y se detuvo frente a una pu