Kerim apretó el volante con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El motor del auto rugía mientras aceleraba por la carretera desierta, dejando atrás la ciudad y adentrándose en la penumbra de los campos. Azra, sentada a su lado, mantenía las manos entrelazadas sobre el regazo, los ojos muy abiertos, reflejando el temor y la incertidumbre.
—¿Adónde me llevas, Kerim? —preguntó ella, con la voz temblorosa, apenas un susurro que parecía perderse en el zumbido del motor.
Kerim no resp