Zeynep no podía más.
Caminaba de un lado a otro del salón, con los nervios al límite y las lágrimas contenidas. El reloj marcaba las cuatro de la madrugada. Afuera, la ciudad dormía, pero su corazón latía con fuerza, al borde del colapso.
—Dios mío… —susurró, presionando su pecho con la mano temblorosa—. Tengo que saber quién fue capaz de hacerle esto.
Su voz se quebró.
—Kerim… mi amor, ¿dónde estás?
Tomó el teléfono una vez más. Había intentado llamarlo decenas de veces, sin respuesta.
El tono