El día amaneció tranquilo.
Zeynep despertó temprano, con la luz dorada del amanecer colándose entre las cortinas. En la cuna, el bebé dormía plácido, respirando con esa calma que solo los niños poseen. Kerim se preparaba en silencio para ir al trabajo; el sonido de sus pasos, el roce del reloj en su muñeca y el eco de la puerta al cerrarse fueron lo único que rompió la paz de aquella mañana.
Zeynep se quedó unos minutos mirando la puerta cerrada, hasta que una sonrisa se dibujó en sus labios.
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