El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando la cerradura del apartamento giró lentamente.
Zeynep, que dormía al bebé sobre su pecho, abrió los ojos al escuchar el sonido metálico de la puerta. La habitación estaba envuelta en penumbra, iluminada apenas por la luz amarillenta de la calle que se filtraba entre las cortinas. Se levantó con cuidado, acomodó al pequeño en su cuna y lo arropó con delicadeza antes de salir hacia la sala.
Kerim estaba allí, sentado en el sofá, quitándose la bufanda