La noche en Alemania se desvanecía lentamente. Las luces del hotel parpadeaban bajo la neblina que cubría la ciudad, y en una de las suites más altas, Selim permanecía despierta, sentada frente a la ventana, con los ojos enrojecidos.
El tic-tac del reloj era el único sonido que acompañaba su desvelo.
La puerta se abrió despacio, y Emir entró con paso silencioso.
—Mamá —dijo con tono suave—, ¿por qué sigues despierta?
Selim giró la cabeza, su rostro pálido y los ojos hinchados.
—No puedo dormir,