El reloj marcaba las diez de la mañana cuando el timbre del apartamento sonó. Zeynep, que aún tenía el corazón acelerado por la discusión con Kerim, se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Tomó aire, se alisó el cabello y caminó hacia la puerta. Cada paso que daba resonaba en el silencio del lugar, acompañado solo del suave murmullo del bebé que dormía en la habitación.
Cuando abrió la puerta, una oleada de voces llenó el aire.
—¡Sorpresa! —dijo Selim con entusiasmo, abrazándola con cariñ