La mañana en la mansión Seller comenzó con una paz engañosa. El sol se filtraba entre las columnas de la terraza, bañando los azulejos de mármol con una calidez dorada que invitaba a la calma. Zeynep, sentada en un diván de mimbre, sostenía al pequeño Evan mientras este recibía su baño de sol matutino. Para cualquier observador externo, ella era la viva imagen de la maternidad perfecta; sin embargo, bajo su piel, el pulso le latía con la irregularidad de un sismógrafo en plena falla.
El silenci