El aire en el apartamento de Ariel era denso, impregnado de una mezcla de perfume caro y el rancio aroma del miedo que exhalaba Carlos. La confesión acababa de caer sobre la mesa como una granada de fragmentación: Zeynep se había quedado embarazada de él. Ariel, que hasta ese momento creía conocer los límites de la ambición de su rival, sintió un escalofrío que no era de temor, sino de una euforia depredadora.
—¿Se embarazó? —repitió Ariel, inclinándose hacia adelante, sus ojos brillando como d