Zeynep estaba en el apartamento; el aire olía a leche tibia y a perfume suave. Sostenía al bebé en sus brazos, con ternura infinita. Lo acunaba mientras hablaba en voz baja, como si sus palabras pudieran tejer un futuro.
—Mira, mi amor… —susurró, acariciando la mejilla del pequeño—. Tienes los mismos ojos que tu padre, ¿lo sabías? Cuando él te vea, no lo podrá negar. —Sonrió, con un dejo de ironía—. Pero también verá lo que perdió… porque te juro, Kerim Seller, que te haré la vida un infierno.