La sala de espera del hospital era un purgatorio de luces fluorescentes y un silencio clínico que solo era interrumpido por el chirrido de las camillas a lo lejos. El aire olía a una mezcla aséptica de alcohol y desesperanza. En el centro de ese vacío, Emmir permanecía sentado, con la espalda encorvada y los codos apoyados en las rodillas. Su mirada, fija en un punto inexistente del suelo de granito, estaba perdida. No era la mirada de un hombre de negocios calculador, sino la de alguien que ac