La entrada de la mansión Seller nunca se había sentido tan fría. El chirrido de los neumáticos sobre la grava fina del camino principal anunció la llegada de Zeynep, quien bajó de su vehículo con una agitación que rozaba el frenesí. Apenas unos segundos después, el segundo coche —el de la seguridad escoltando a la niñera y al pequeño Evan— se detuvo tras ella.
Zeynep no esperó a que le abrieran la puerta. Caminó hacia el auto de la niñera; su rostro era una máscara de palidez y furia contenida.