El regreso a la mansión Seller fue un trayecto cubierto de un silencio asfixiante, interrumpido únicamente por los hipos residuales del llanto de Zeynep y los pequeños ruidos de Evan, que finalmente se había quedado dormido por el agotamiento emocional. Al cruzar el umbral del gran salón, la luz de las arañas de cristal pareció demasiado brillante, demasiado cruda para el estado anímico de la pareja.
Baruk, sentado en su sillón de cuero con un periódico que no estaba leyendo, levantó la vista.