El rugido del motor era lo único que llenaba el vacío en la mente de Zeynep. Sus manos, aferradas al volante con una fuerza que le blanqueaba los nudillos, temblaban de forma imperceptible. El trayecto hacia la clínica fue un borrón de luces de neón y semáforos que cambiaban sin que ella realmente los viera.
—¿Por qué, Emmir? ¿Por qué lo hiciste? —susurraba para sí misma, con la voz quebrada—. ¿Por qué mancharte las manos de esa manera por alguien que no merece ni un pensamiento tuyo?
La culpa