La atmósfera en la mansión Seller se había vuelto asfixiante. Tras el caos del hospital, el regreso a casa no trajo la paz esperada, sino una tensión subterránea que amenazaba con resquebrajar los cimientos del hogar. Zeynep, incapaz de sostener la mirada de Kerim o de procesar el pacto de sangre con Emmir, sintió la necesidad física de escapar.
—Voy a salir a trotar un rato —anunció Zeynep, ajustándose las zapatillas.
Baruk y Selim, sentados en la estancia con la fatiga pesando en sus hombros,