El aire de la mañana en Estambul conservaba una frescura engañosa, de esa que invita a creer que los problemas pueden disiparse con un poco de sol. Zeynep salió de su habitación con Evan en brazos; el pequeño balbuceaba sonidos dulces, ajeno por completo a las tormentas que se gestaban en el mundo de los adultos. Al bajar las escaleras, la imagen de Kerim recortada contra el ventanal del salón la detuvo por un segundo. Él miraba hacia los jardines con una rigidez que delataba sus pensamientos e