Zeynep sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. El silencio que siguió al nombre de Carlos y la palabra "disparo" fue ensordecedor, roto solo por el latido desbocado de su propio corazón, que golpeaba contra sus costillas como un animal enjaulado.
—¿Cómo que un disparo? —susurró Zeynep, con la voz apenas audible—. Explícate... ¿Qué fue exactamente lo que escuchaste?
La joven cuñada, con los ojos empañados por un miedo que no terminaba de comprender, se abrazó a sí misma. La inocencia en