La atmósfera en la mansión Seller siempre parecía estar en un equilibrio precario, como un cristal fino a punto de estallar bajo la presión de los secretos. Cuando Kerim cruzó el umbral de su habitación, el cansancio de una jornada de negociaciones agresivas pesaba sobre sus hombros como una losa de granito. Se quitó la chaqueta de sastre, lanzándola con descuido sobre el sillón de terciopelo, y se desabrochó los dos primeros botones de su camisa, buscando un aire que la casa parecía negarle.
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