El aire dentro del pequeño apartamento olía a pintura fresca y a una esperanza que parecía demasiado frágil para el mundo exterior. Zeynep observó a su hermana, Emma, mientras esta recorría el espacio con pasos lentos, asimilando la realidad de que ya no estaba entre las paredes asépticas de un hospital. El lugar no tenía el mármol ni los techos infinitos de la mansión Seller, pero tenía algo que aquella fortaleza carecía: una paz genuina.
—¿Te parece bien? Es pequeño... Era una sorpresa que te