Zeynep caminaba de un lado a otro, el eco de sus propios pasos sobre la madera pulida recordándole la promesa que le había hecho a Kerim. «No salgas de casa, Zeynep. Quédate bajo protección». Pero la quietud era un lujo que su mente no podía permitirse. El rostro de Azra en el restaurante, su nueva aura de poder y la arrogancia de sus palabras eran una alarma que no dejaba de sonar en su pecho.
—Tengo que buscar una excusa... —murmuró, llevándose las manos a la cabeza, hundiendo los dedos en su