La puerta de la casa de campo se cerró de golpe, dejando fuera el rugido furioso de la naturaleza, pero el estruendo interior apenas comenzaba. El aire en la estancia estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Zeynep se erizara. Ella se abrazaba a sí misma, con la ropa ligeramente humedecida y los nervios a flor de piel.
—Ven, siéntate —ordenó Kerim, su voz sonando más suave de lo habitual, aunque manteniendo ese tono de mando que lo caracterizaba.
—Está