El rugido del motor del deportivo de Kerim se extinguió frente a la fachada de madera de la casa de campo. Por un momento, el silencio del bosque le devolvió una paz que no sentía desde hacía semanas. Kerim bajó del vehículo con una sonrisa que mezclaba la victoria con una arrogante esperanza. En sus manos cargaba una cesta rebosante de frutas exóticas, quesos selectos y una botella de vino tinto cuyo precio podría alimentar a una familia durante un mes. Para él, aquello no era solo comida; era