La noche en la casa de campo se había vuelto un sudario. El viento ya no susurraba; silbaba entre las vigas de madera vieja como un lamento que exigía ser escuchado. Zeynep sentía que el oxígeno se cristalizaba en sus pulmones. El peso del secreto que había cargado durante años —ese parásito de sombras que le devoraba el alma— finalmente había llegado a su garganta, quemando como ácido.
Abram la observaba con una fijeza casi dolorosa. Su mano, aún sobre el brazo de ella, transmitía un calor que