El rechinar de los neumáticos sobre la grava fina de la entrada principal de la mansión Seller sonó como un grito de guerra desesperado. Antes de que el motor del coche terminara de apagarse, Emmir ya había abierto la puerta, bajando a toda prisa con el rostro desencajado y la respiración errática. Sus ojos escanearon frenéticamente el camino, buscando el coche familiar, buscando una señal, un rastro de polvo, cualquier cosa que le dijera que aún no era demasiado tarde.
Kerim estaba de pie en e