El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de la habitación del hotel, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire. Abram se despertó con un gruñido sordo, estirando los brazos con una rigidez que le recordaba cada segundo de la noche anterior. Al llevarse la mano a la cara, sus dedos rozaron la zona inflamada de su mejilla; el golpe de Kerim había dejado una marca violácea, un recordatorio físico de que el puente con los Seller estaba, finalmente, reducido a cenizas.
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