El silencio en el despacho de los abogados de la familia Alkan era tan denso que podía sentirse en la piel. Para Azra, el olor a papel sellado y madera de cedro era un contraste violento con el olor a desinfectante y encierro de la clínica donde Abram la había confinado meses atrás. Mientras los letrados leían las cláusulas del testamento de su difunto abuelo Ibrahim, Azra mantenía la espalda recta, las manos cruzadas y una mirada que ya no reflejaba la neblina del alcohol, sino la claridad cor