El despacho de Baruk Seller siempre había sido el corazón del poder, una estancia revestida de caoba oscura, estantes repletos de leyes y una pesada mesa de escritorio que había visto firmar acuerdos que cambiaron el rumbo de Estambul. Pero esa noche, el aire no olía a éxito, sino a derrota y a cera quemada.
Kerim entró con pasos pesados. Al ver a Emmir ya sentado, con la espalda rígida y la mirada fija en un punto inexistente, Kerim tomó asiento a su lado sin decir palabra. Los dos hermanos se